lunes, 14 de abril de 2014

7- “Insulinorresistencia; divino tesoro (2). Una de monos carnívoros y sus descendientes".


              En mi anterior entrada hablamos de que la resistencia a la insulina que hoy se asocia  a la obesidad de predominio abdominal y que es la base de las enfermedades que llamamos Síndrome Metabólico y Diabetes Mellitus tipo 2, podría haber sido en realidad una adaptación que en nuestro pasado no tan lejano nos ayudó a sobrevivir. Procedo sin más prolegomenos y por el mismo precio a explicarme mejor.

              La insulina es la hormona que avisa al cuerpo (concrétamente a nuestro hígado) de cuanta energía le llega y que dirige esa energía a sus depósitos naturales en el organismo (recordad la metáfora del modelo insulina-sereno). Existe una teoría muy difundida llamada de la selección del “fenotipo ahorrador” que explica por qué sobrevivimos, los que lo hicimos, a épocas de hambruna y de ayunos forzosos, como los que caracterizaron a la vida de nuestros antepasados antes del neolítico, cuando éramos cazadores-carroñeros-pescadores-recolectores (antes pues del descubrimiento de la agricultura, que como sabéis, permitió al homo sapiens planificar lo que iba a comer los días siguientes por primera vez en su historia). Según esa teoría la presión del hambre seleccionó aquellas azarosas mutaciones en nuestros genes  que otorgaban, pese a comer menos, una mayor capacidad para ahorrar calorías, de  modo que fueron los afortunados poseedores de las mismas (esas autenticas "baterías humanas alcalinas") los únicos que sobrevivieron y transmitieron sus genes; su descendencia hoy día, en el ambiente hipercalórico actual, es proclive a seguir acumulando reservas para sobrevivir a un futuro ayuno que actualmente nunca llega, con la consiguiente y consecuente obesidad (continuarían siendo ahorradores de energía aun cuando ya no tendría sentido). Pues bien, yo confieso que estoy entre los que no se creen del todo esa teoría… A mi me cuadra más si se le añade un matiz que unos autores australianos (S Colagiuri et al) bautizaron en 2002 como “la conexión carnívora”.
              ¿En qué consiste esta conexión carnívora? Pues en que nuestros antepasados no pasaron hambre de forma uniforme de todo tipo de comida. En la época de las graduales glaciaciones (creo que fueron 11) que asolaron nuestro planeta en los dos últimos millones de años previos al neolítico, existen múltiples datos que demuestran que tuvieron que privarse de comer sobre todo frutas, raíces, plantas y derivados (por la climatología) y que sobrevivieron gracias a adaptarse al carnivorismo (derivado del carroñéo primero y de la caza-pesca después), funcionando con proteínas y grasas como principales combustibles. Esa adaptación a comer muy de cuando en cuando pero comidas con alto aporte calórico (los carnívoros comen muchas calorías de golpe pero cada 24-48 h, mientras que los herbívoros precisan estar comiendo hierba y hojas, con bajísimo contenido energético, durante casi todo el día) conllevó cambios anatómicos y funcionales en nuestro organismo que han dejado huella en los fósiles encontrados hasta la fecha (el rastreo pormenorizado y explicado de todas esas huellas, pese a ser apasionante, se merecería más que otra entrada completa... todo se andará). De entre  esos cambios, el que ahora nos ocupa, se produjo en el funcionamiento de la insulina y aún hoy es reconocible el distinto funcionamiento de esta hormona entre carnívoros, herbívoros y omnívoros. Ya sé que sabéis que somos omnívoros, como los cerdos, los osos, algunos simios y algunos marsupiales,… ¿Pero sabéis lo que eso implica? ¿De qué está más cerca un omnívoro , de un carnívoro o de un herbívoro? Mejor dicho, ¿nuestra llegada al selecto club del omnivorismo viene de un herbívoro que se hace carnívoro o de un carnívoro que se hace herbívoro? ... ¿Lo tenéis?... Bien, salvo que penséis que venimos del tigre (como tal vez sea el caso de Silvester Stallone) más que del mono y de los primates, habrá que concluir que es más bien lo primero... un mono primero herbívoro y luego frugívoro e insectívoro, que forzado por el frío y su amplísima distribución geográfica, se hace carnívoro (algunos monos como los papiones hoy día han colonizado la sabana y otras regiones desérticas gracias a meter la carne en su dieta y unos buenos colmillos en su mandíbula). 

Los papiónes o babuínos eran considerados por los egipcios como animales sagrados, son simios que gracias a su adaptación al carnivorismo pudieron colonizar el ecosistema desértico y escapar del bosque tropical.



             Pues bien, ser omnívoros nos define como capaces de digerir productos animales y algunos vegetales (frutas, hortalizas, tubérculos e incluso legumbres siempre que estas últimas no estén crudas), pero como incapaces de digerir la celulosa de las hojas de la inmensa mayoría de plantas (sencillamente carecemos de la región del intestino grueso donde un herbívoro como el gorila digiere y fermenta toda esa celulosa para extraerle la energía; para ser exactos, la hemos atrofiado... ahora la llamamos "apéndice" y, como algunos de vosotros podréis acreditar, podemos prescindir de ella al no servirnos presuntamente para nada).



Hasta hace no mucho se pensaba que los chimpances eran herbívoros e insectívoros, estas imágenes pueden resultar impactantes pero conforme los primates aumentan en la escala evolutiva, al igual que lo hace su capacidad craneal y encefálica, a medida que van siendo más inteligentes... están más adaptados al carnivorismo y al consumo de grasa
(¡¡el material del que está hecho su cerebro !!)


              Pero vamos con la insulina, que me sale el Félix Rodríguez de la Fuente que llevo dentro y me descentro. En el músculo de los herbívoros la insulina trabaja de un modo mucho más eficiente que en el de los carnívoros (con menos insulina en sangre, basta para sacar más glucosa y más rápido desde la misma). En los herbívoros, que están todo el tiempo comiendo carbohidratos de absorción lenta pero continua a partir de hojas y hierbas, el torrente de energía escaso pero constante y prolongado que eso supone provoca una secreción discreta pero continuada de insulina que al ser muy eficiente basta para rellenar de energía sus músculos, no quedando glucosa sobrante en sangre que se destine a fabricar grasa (son animales que no suelen ayunar salvo para dormir). Los carnívoros funcionan al revés, están mejor adaptados al ayuno que practican de forma más habitual, y cuando comen ingieren gran cantidad de energía calórica toda de golpe; eso les dispara la insulina... menos mal que esta es menos eficiente, al haberse hecho resistentes a ella. De otro modo, cuando el carnívoro tras gran ejercicio físico por su parte logra abatir una presa que es casi toda ella grasa y proteína y la devora, la elevación en su sangre de la insulina que experimentaría al detectar su organismo esa entrada energética de gran densidad calórica, le provocaría una hipoglucemia (una bajada de azúcar)... esta resistencia a la insulina propia de los carnívoros les permite que sus músculos funcionen preferentemente con derivados de la grasa como combustible y que esa glucosa siga estable en sangre (al perder la competencia con la grasa por entrar al músculo). La energía sobrante, así  mismo, entra en el tejido graso que es donde la insulina menos ha perdido su antigua eficiencia y servirá de reserva hasta que llegue la próxima presa (la insulinorresistencia no es uniforme en el organismo siendo más marcada en el músculo esquelético).


              Vale, cierro ya el círculo. Estas sociedades pre-agrícolas (e insulinorresistentes para adaptarse al carnivorismo) de repente afrontan un exceso continuado de oferta calórica (impropio de su modo de vida preferentemente carnívoro) al descubrir la agricultura y vuelven en cierto modo al funcionamiento herbívoro (muchas comidas al día pero no tan densas energéticamente, porque en la antigüedad la agricultura preindustrial no se parecía en nada a la actual, al rendir productos casi sólo de absorción lenta); los primeros que lo hicieron (oriente medio y el mediterráneo) y que llevan miles de años en ello, parecen haberse adaptado y no engordan tan fácilmente (tienen "genética de agricultor", que suelo decir yo). Los que incluso a día de hoy aún no han contactado con la agricultura (como algunas tribus esquimales, los aborígenes australianos o los indios PIMA, por ejemplo) están en el otro extremo y engordarían y harían Diabetes tipo 2 con especial facilidad; "genética de cazador-recolector". En medio, hay un amplio espectro continuo en el que podemos identificarnos todos en mayor o menor grado. De modo que... ¿Qué eres tú? Mi estimado seguidor, ¿Más carnívoro o más herbívoro? Mejor aún, ¿Más cazador o más agricultor? Conócete a ti mismo... como dijo un célebre personaje histórico que seguro acertaréis.

              En la próxima entrada descansaremos un poco de la insulinorresistencia (aunque volveremos sobre ella a no tardar,... tengo un vicio...) y a petición popular bajaré un poco a la tierra, se llamará "08- ¡¡Estos lácteos son la leche...!! ¿o no?"

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